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¿Las sociedades occidentales deben defender la existencia del Estado de Israel?, una acuciante pregunta luego del resurgimiento de un feroz antisemitismo, tal como sucedió en el siglo XX antes del Holocausto perpetrado por el totalitarismo nazi. Es incuestionable que la guerra que desarrolló el Estado de Israel luego de la masacre del 7 de octubre del 2023 nos trae todas las postales dolorosas de cualquier guerra. Sin embargo, luego de ese trágico día en que cerca de 2,000 civiles israelíes fueron masacrados por terroristas del fundamentalismo islámico cualquiera entiende que la guerra que desarrolló el Estado de Israel fue una guerra de sobrevivencia que, finalmente, culminó con la destrucción de gran parte de la élite militar y nuclear iraní.
El progresismo mundial, que solo existe y prospera en las sociedades occidentales, desarrolló una feroz campaña de desinformación, presentando los bombardeos de la aviación israelí en contra del movimiento terrorista de Hamas como una guerra contra la población civil. La desarticulación de Hamas, Hezbollah y los proxies iraníes, y el debilitamiento del régimen de los ayatollahs revelan que Israel desarrolló la guerra para sobrevivir como Estado, como proyecto de sociedad, incluso con el apoyo y respaldo de los grandes estados árabes (Arabia Saudita, Egipto y Jordania, por ejemplo)
Planteadas las cosas así creemos que Occidente debe respaldar la plena existencia del Estado de Israel porque la sociedad israelí representa la continuidad y la permanencia de las tradiciones judeocristianas –es decir, de las tradiciones que fundaron Occidente– en el Medio Oriente. El Estado de Israel es una sociedad plural con cerca de diez millones de habitantes, sin embargo, cerca de dos millones se reconocen como musulmanes, drusos y cristianos, e incluso, tienen representaciones en el Legislativo israelí (Knesset). En Israel, al igual que Estados Unidos y cualquier sociedad occidental, existe el suficiente grado de libertad como para que prospere el progresismo y el wokismo.
La urgencia de respaldar la existencia del Estado de Israel en el Medio Oriente de ninguna manera debe llevar a desconocer la necesidad y urgencia de organizar un Estado palestino; sin embargo, el camino estará cuesta arriba si el terrorismo fundamentalista islámico sigue promoviendo el fin del Estado de Israel.
Si el Estado de Israel continúa, entonces, la posibilidad de un diálogo multicultural en Medio Oriente es posible. El sueño de una región en que judíos, musulmanes y cristianos dialoguen estará más cerca. Si no sucede así la guerra del fundamentalismo islámico se trasladará al sur de Europa como en siglos pasados.
Por otro lado, respaldar la existencia del Estado de Israel en el Medio Oriente es reconocer que el mundo en el siglo XXI ha entrado plenamente a la llamada colisión de civilizaciones que todos los grandes historiadores registraban en sus investigaciones (Spengler, Toynbee y Braudel). El progresismo y el wokismo nos señalan que la globalización del capitalismo, las ciencias y tecnologías, significa el final de las tradiciones y fundamentos de las civilizaciones. Terrible y devastador error. Únicamente basta analizar cómo el Partido Comunista chino resucita las tradiciones confucianas en el siglo XXI y cómo se han reinterpretado los textos sagrados del Islam en las sociedades islámicas de hoy.
La tradición judeocristiana, que moldeó la sociedad occidental al lado de las grandes tradiciones del Derecho romano, no se puede desligar del mensaje de Jesucristo, de sus apóstoles y de Pablo de Tarso, quien, según todos los historiadores, era el pastor de los gentiles y gran promotor de la universalización del cristianismo en el planeta luego de la muerte del Nazareno. Para entender por qué hablamos de tradición judeocristiana habría que recordar que Jesús, convertido en hombre, también fue un rabí que enseñó la Ley de Moisés y, desde ese punto de partida, reveló el mensaje cristiano del Nuevo Testamento. Igualmente Pablo de Tarso, judío de la diáspora y perseguidor de cristianos de la primera hora, se convirtió en uno de los más grandes mensajeros de la revelación cristiana y luego murió decapitado por su fe en Cristo.
El antisemitismo, que a veces golpea a las sociedades occidentales, nace de un profundo desconcierto filosófico y teológico. Y cada vez que resurge a lo largo de la historia se convierte en el umbral de grandes tragedias, en una especie de heraldo de los mayores equívocos de la humanidad.
De allí la enorme necesidad de entender cuál es la importancia de las tradiciones judeocristianas.
















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