Editorial Política

Constituyente y destrucción del sistema republicano

La ruta de las instituciones o la de la calle movilizada

Constituyente y destrucción del sistema republicano
  • 22 de noviembre del 2020

La transición que dirige el presidente Francisco Sagasti es una muy peculiar, en la que las minorías políticas del Congreso se han convertido en las únicas protagonistas. El motivo: la mayoría de bancadas renunció a ejercer su representación porque la supuesta “calle” exigía que los sectores que desencadenaron la vacancia presidencial se inhibieran de ejercer la función para la que fueron elegidos. Al final aceptaron.

El problema es que detrás de este desenlace está la estrategia de las corrientes comunistas y colectivistas, que pretenden convertir a la llamada “movilización ciudadana” en el gran elector, en el gran decisor de la transición hacia el 2021. En este contexto, en el Ejecutivo, en el Congreso, en las instituciones en general, se debe entender que en el camino hacia las elecciones generales del 2021 solo existen dos escenarios: el de las instituciones o el de la calle convertida en un actor del sistema republicano.

Para las corrientes comunistas y colectivistas las elecciones del 2021 no revisten la menor importancia por una sola razón: no tienen ninguna posibilidad de ganar, si nos atenemos a los últimos resultados electorales nacionales. En el Perú, el voto contra el colectivismo es consistente. Sin embargo, imponer el lenguaje de la calle podría desembocar en la convocatoria de una asamblea constituyente y, de pronto, las propias elecciones generales del próximo año se convertirían en una interrogante o cambiarían de naturaleza. Igualmente, estamos seguros de que estas corrientes antisistema tampoco tendrían posibilidad alguna de convertirse en mayoría.

Sin embargo, el propio hecho de convocar a una constituyente se convertiría en la estocada final al modelo económico de las últimas tres décadas, que ha posibilitado triplicar el PBI, reducir la pobreza (del 60% de la población a solo 20%) y convertir al Perú en una sociedad de ingreso medio, hasta antes de la pandemia. ¿Por qué estocada final? Porque nunca como ahora la crisis institucional y política se había entrecruzado con una megarrecesión que destruirá por lo menos el 15% del PBI y arrojará a cerca del 30% de la población debajo de la línea de la pobreza.

Relanzar el crecimiento de una economía en megarrecesión, con un déficit fiscal de 10% del PBI y una deuda pública de cerca del 40% del PBI, se convertiría en un imposible con un proceso constituyente que convertiría en grandes interrogantes todas las certezas y seguridades jurídicas que establece el marco constitucional del país. ¿Cómo continuaría la inversión privada que requiere del mediano y largo plazo para madurar? Si la economía sigue derrumbándose es incuestionable que los pobres serán los más afectados, y es evidente también que se crearán condiciones inmejorables para que avance la prédica colectivista y populista. De esta manera, sin ganar una sola elección, solo en base a la estrategia y la táctica política, las corrientes comunistas y colectivistas lograrían derrumbar el sistema republicano y la economía de mercado.

Por todas estas razones lo único que le queda al Perú para sortear este vendaval de adversidades institucionales, políticas, económicas y sociales, es persistir en el camino institucional para que el Ejecutivo y el Congreso que surjan de las próximas elecciones nacionales restauren plenamente la gobernabilidad y el crecimiento. Y en ese camino asumir las urgentes reformas constitucionales que demanda la actual Carta Política. 

Sin embargo, para alcanzar esos objetivos es incuestionable que la administración Sagasti debe ser capaz de restaurar la autoridad del Estado, de las instituciones, defender a la institución policial y extender los diálogos y puentes con todos los sectores políticos de la sociedad.

No se puede negar que la actual experiencia republicana ha sido empujada al abismo por la guerra política que se desató luego de las elecciones del 2016. De la prudencia y discreción de las instituciones y los actores dependerá el futuro de la República, de evitar que esa cercanía al precipicio se convierta en una caída que nos condene a varias décadas de oscuridad.

  • 22 de noviembre del 2020

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