Eduardo Vega
El mal gusto por la criollada
De las visitas VIP en Barbadillo a los testaferros electorales
El último fin de semana se hicieron públicas las visitas “VIP” que recibe el expresidente Pedro Castillo en el penal de Barbadillo, las cuales, según se observa, no solo serían grupales y sin límite de horario, sino que incluso tendrían fines “personalísimos” que no creo valga la pena analizar, salvo por los factores relativos a las claras preferencias que se generan respecto de los demás convictos que se encuentran en el mismo presidio.
Al respecto, cuando los asiduos visitantes son objeto del cuestionamiento correspondiente por parte de la prensa, no tienen mejor respuesta que utilizar altas dosis de cinismo y referirse a las visitas como parte de su función de fiscalización en su condición de parlamentarios. Incluso señalan que no van a caer en las provocaciones de la prensa para decir que están cometiendo ilícitos, cuando lo evidente es que eso es lo único que claramente vienen haciendo, en lo que no se podría describir mejor que como “una típica criollada para obtener ventaja o salir de un apuro”.
Estas “criolladas” no son de uso y goce exclusivo de los políticos de izquierda, y prueba de ello se observa en la campaña de elecciones municipales, donde algunos alcaldes en ejercicio —o impedidos por ley de ir a la reelección— han optado por presentar a un testaferro electoral que encabeza una lista en la cual ellos mismos van como N.° 2, de manera que, al renunciar o quedar fuera el testaferro elegido, ellos quedan como N.° 1. Los “más recatados” postulan a un familiar, para así mantener las cuotas de poder durante los próximos cuatro años.
Lo peor de todo es que nuestra sociedad tiene la mala costumbre de celebrar las criolladas, como si el éxito que produce ese momento de viveza o picardía fuese incluso de mayor valor que aquel que se logra por el respeto irrestricto de las normas que nos regulan, sin pensar siquiera un segundo que, con cada ejecución desvergonzada de estos actos, solo nos deterioramos más como sociedad, la misma que sigue reduciéndose a presenciar una imparable ejecución del dicho “el fin justifica los medios”, aparentemente enfocada en materializar la frase de Lenin: “Salvo el poder, todo es ilusión”.
Ahora bien, a todo esto, creo importante mencionar que, pese a las desgracias advertidas en las líneas previas, existe una salvaguarda legal señalada en el artículo II del Título Preliminar del Código Civil, el cual establece textualmente que la ley no ampara el ejercicio ni la omisión abusivos de un derecho. Al demandar indemnización u otra pretensión, el interesado puede solicitar las medidas cautelares apropiadas para evitar o suprimir provisionalmente el abuso.
Dicho esto, si aún queda algo de dignidad entre las autoridades nacionales, estas deberían empezar a sancionar a todos esos congresistas que andan jugando a ser visitadores carcelarios y que poco o nada están haciendo de labor parlamentaria en horarios prohibitivos, los cuales aprovechan para reunirse con un golpista acusado de corrupción. Del mismo modo, el Jurado Nacional de Elecciones debería excluir a todos aquellos candidatos que subrepticiamente postularon a un testaferro político, para luego quedar fortuitamente en primer lugar ante la casual y conveniente renuncia de quien lideraba la lista.
En el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española podemos encontrar la definición de “criollada”, término que cuenta entre sus acepciones las de “engaño o estafa” o “incumplimiento de la ley en beneficio propio”, es decir, actuaciones retorcidas con las que se pervierte la ley. Así pues, tras tantos discursos y campañas contra la corrupción, podría confirmarse una vez más que Alan García tenía razón cuando afirmaba: “¡Los que hablan más de anticorrupción son… fariseos!”.
A ver si, tras estas líneas, alguna autoridad valiente se anima a desaforar o descalificar a los parlamentarios y candidatos políticos que andan por ahí jugando y abusando descaradamente de los límites de la ley y sus estamentos, pues si dicen ser o querer ser autoridades o representantes, deberían estar haciendo exactamente lo contrario. Quizá así, en un futuro —esperemos que cercano—, alguno que otro pierda el gusto por la criollada.
















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