Jose Azalde
El mar que nos espera
Reseña de la novela de Orlando Mazeyra
El escritor arequipeño Orlando Mazeyra publicó en 2025 su primera novela, titulada El mar que nos espera. En estas breves líneas van mis impresiones como lector, como amigo de Orlando y —no es, sin dudas, una nota menor— como testigo de esos ambientes retratados en clave de una ficción que se desarrolla en Arequipa y sus playas.
La vida en provincia puede ser un infierno. Y quizá Orlando sea el escritor que mejor haya retratado la temible realidad del “sueño arequipeño” en su obra literaria. Quizá Orlando, repito, haya entrado —como sugería Balzac— en esas habitaciones secretas de una sociedad, aquellas a las que solo puede ingresar la novela. Y cuando se trata de la vida en provincia, al intentar abrir esas apostilladas habitaciones secretas, uno encuentra mucho polvo, sacos de papa y quizá a la abuela con el rosario.
Arequipa y sus playas, Arequipa y sus veranos, Arequipa y sus desiertos. Arequipa y sus valles. Arequipa y sus muertos. Arequipa y sus mitos. Arequipa y (¡atatau!) sus engaños. La Arequipa que brota de la pluma de Mazeyra es el espacio íntimo: son los amigos (la mancha), los mitos (el degolladito), el colegio (“en el noble estudiar, con esfuerzo sincero, con amor dedicar”), sus escritores, sus periodistas y el cotarro cultural.
Lo que para Bolaño es Santa Teresa, para Mazeyra es Arequipa. Y aunque Santa Teresa sea una ciudad ficticia que intenta asemejarse a Ciudad Juárez, la Arequipa de Mazeyra es realmente Arequipa, que con su sol radiante pretende esconder muchas zonas grises que solo el avispado escritor puede ver.
Hay que decir que la novela de Mazeyra tiene un poco de Vargas Llosa, de Reynoso, de Cercas (quizá mucho de Cercas). Es un artefacto narrativo que se deja leer con agilidad, sobre todo en los primeros capítulos. Es posible que esa rapidez en la lectura sea el producto del otro oficio de Orlando: el periodismo. No hay barroquismos, no hay experimentos técnicos que vuelvan la lectura tediosa o insufrible. Todo lo contrario: es un libro que se lanza por la Quebrada del Toro sin frenos.
Y es que yo pude ver a Orlando, muchas veces, en polvorosas tardes, caminar por nuestras accidentadas vías con su fiel camiseta del FBC Melgar. Quizá yendo a la universidad, al partido de fútbol con los amigotes o a alguna taberna para intentar matar esos demonios; pero solo mediante la literatura —y él lo sabe— puede parcialmente exorcizarlos. La literatura no salva, solo nos ayuda a pasar el rato. Humana e inteligentemente.
Finalmente, es muy notable cómo Orlando logra sostener la tensión en el arranque del relato. La experiencia de Mazeyra en el relato corto ayudó mucho. Pero quizá al final decae levemente. Es posible que en este nuevo formato el descenso se acentúe en las últimas páginas y uno se sienta —o se reconozca— en el mundo de Mazeyra y sus permanentes demonios: como un eterno retorno a la esencia de la literatura del escritor, su notable habilidad para el relato corto.
















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