Mariana de los Ríos
La familia como misterio
Reseña crítica de la película “Padre, madre, hermana, hermano” de Jim Jarmusch”
Con Padre, madre, hermana, hermano (Father Mother Sister Brother, 2025), Jim Jarmusch (Ohio, 1953) entrega una de las obras más maduras y reflexivas de su trayectoria, y que le mereció el León de Oro, el principal premio del Festival de Venecia 2025. Estructurada como un tríptico ambientado en Estados Unidos, Irlanda y Francia, la película explora las relaciones entre padres, madres, hermanos e hijos a través de tres historias independientes que comparten personajes enfrentados a reencuentros, heridas antiguas y conversaciones postergadas durante muchos años. Más que una película sobre conflictos familiares, se trata de una meditación sobre la dificultad de comprender a quienes nos resultan más cercanos.
Desde sus primeros trabajos, Jarmusch ha mostrado interés por personajes desplazados, silenciosos y escurridizos. En esta ocasión traslada esa sensibilidad al ámbito doméstico. Los protagonistas de las tres historias pertenecen a familias marcadas no por grandes tragedias ni por enfrentamientos espectaculares, sino por algo más cotidiano y reconocible: la incapacidad de expresar los sentimientos personales con claridad. Los personajes se quieren, pero rara vez encuentran las palabras adecuadas para demostrarlo.
La primera historia, centrada en la relación entre dos hijos adultos y su padre anciano, presenta a una figura paterna distante, incapaz de revelar plenamente sus emociones. La segunda, protagonizada por una escritora envejecida y sus hijas, examina las tensiones entre admiración, resentimiento y afecto. La tercera, ambientada en París, sigue a dos hermanos que deben afrontar una pérdida familiar y reconstruir el sentido de su vínculo. Aunque cada relato posee su propia identidad, todos giran alrededor de la misma pregunta: ¿hasta qué punto podemos llegar a conocer realmente a quienes forman parte de nuestra familia?
La respuesta que ofrece Jarmusch es deliberadamente ambigua. Ninguno de los personajes alcanza una comprensión completa de los demás. Los padres conservan zonas de sombra que los hijos nunca logran descifrar; los hermanos descubren que incluso décadas de convivencia no garantizan el conocimiento mutuo. La película rechaza así tanto la idealización de la familia como su condena. No la presenta como refugio perfecto ni como institución opresiva, sino como una realidad inevitablemente compleja.
Esta idea se ve reforzada por una serie de motivos visuales y narrativos que aparecen en las tres historias. Entre ellos destacan los relojes Rolex y los skaters. Aunque Jarmusch suele afirmar que trabaja de manera intuitiva y evita los simbolismos rígidos, la repetición de estos elementos contribuye a establecer conexiones profundas entre relatos aparentemente independientes. Los Rolex, cuya autenticidad permanece siempre en duda, parecen remitir a una cuestión central de la película: la dificultad para distinguir entre apariencia y verdad. Los personajes intentan comprender quiénes son realmente sus familiares, del mismo modo que intentan averiguar si un reloj es auténtico o una imitación. La incertidumbre nunca desaparece por completo.
Por su parte, los skaters funcionan como una suerte de contrapunto simbólico. Cruzan las tres historias como figuras libres, ajenas a las obligaciones y resentimientos que pesan sobre los protagonistas. Frente a personajes atrapados en recuerdos, expectativas y conflictos heredados, los skaters representan el movimiento, la autonomía y la posibilidad de escapar de las estructuras que condicionan la vida familiar.
Sin embargo, el verdadero significado de estos elementos no reside únicamente en lo que simbolizan por separado, sino en el hecho mismo de su repetición. Jarmusch construye una red de ecos visuales que une los tres relatos y sugiere que todos forman parte de una misma reflexión sobre los vínculos humanos. Los objetos, los gestos y las situaciones reaparecen como variaciones de una misma melodía emocional.
La puesta en escena contribuye decisivamente a este efecto. Fiel a su estilo, Jarmusch emplea encuadres sobrios, movimientos de cámara mínimos y un ritmo pausado que obliga al espectador a fijarse en los detalles. Los acontecimientos más importantes suelen ocurrir en los márgenes de la acción: una mirada esquiva, una pausa antes de responder, una frase aparentemente trivial. La emoción surge no de los grandes conflictos, sino de los pequeños momentos de reconocimiento mutuo.
En última instancia, Padre, madre, hermana, hermano ofrece un retrato profundamente humano de la familia contemporánea. Su diagnóstico es melancólico, pero no pesimista. Las familias aparecen fragmentadas y llenas de dificultades de comunicación, pero también unidas por vínculos que persisten a pesar del tiempo y de las decepciones. Los personajes descubren que quizá nunca llegarán a entender plenamente a sus padres, madres o hermanos. Sin embargo, también comprenden que el amor no depende necesariamente de esa comunicación total.
Esa parece ser la intuición fundamental de Jarmusch: la familia es menos un lugar de certezas que un espacio de búsqueda permanente. Sus miembros permanecen unidos no porque hayan resuelto todos sus conflictos, sino porque continúan intentando comprenderse unos a otros. En esa mezcla de cercanía y distancia, de afecto y desconcierto, reside la belleza discreta de una de las películas más logradas de su filmografía.
Padre, madre, hermana, hermano se puede ver actualmente en streaming, en la plataforma Mubi
















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