Jorge Varela
Homo magnificus
Del instinto al pensamiento
Pierre Teilhard de Chardin –reconocido teólogo jesuita y paleontólogo– sostuvo que “el hombre no sería capaz de verse a sí mismo de manera completa fuera de la humanidad, ni la humanidad fuera de la vida, ni la vida fuera del universo” (“El Fenómeno humano”). Teilhard de Chardin veía al hombre, no como centro estático del mundo, sino como “eje y flecha de la evolución”; lo que sin duda es grandioso y bello.
En su ensayo “El Fenómeno humano” nos condujo por laberintos complejos de transitar: el Universo (el planeta Tierra), la Vida, la Evolución, el Hombre, la Humanidad. Para él, la figura del mundo sería: “un proyectil que ascendiese siguiendo la flecha del tiempo y que no se desplegase más que para extinguirse, un torbellino ascendente en el seno de una corriente que descendiese”.
Desmesura de la paradoja humana
Según su enfoque “la vida nació y se propaga sobre la Tierra como una pulsación absolutamente solitaria”. En este artículo el análisis se circunscribirá al Hombre; lo concerniente a la Humanidad será materia de otro estudio. La idea es seguir la propagación de esa onda única hasta el hombre y, si es posible, más allá del hombre. Todos los investigadores, señala, están hoy de acuerdo acerca de la evolución. El asunto cambia en lo que respecta a la cuestión de saber si esta evolución está dirigida, Desde un punto de vista puramente positivista, “el hombre es el más misterioso y el más desconcertante de los ‘objetos’ descubiertos por la ciencia”. El Hombre, tal como la ciencia consigue reconstruirlo hoy, es un animal como los demás, tan poco diferenciable, por su anatomía, de los antropoides. Toda la paradoja humana es el salto morfológico y al mismo tiempo la increíble conmoción de las esferas de la Vida.
La conciencia replegada sobre sí
Si se quiere resolver la cuestión de la ‘superioridad’ del Hombre sobre los animales, Teilhard de Chardin no ve más que un medio: separar decididamente, en el haz de los comportamientos humanos, todas las manifestaciones secundarias equívocas de la actividad interna y situarse de cara al fenómeno central de la reflexión. “La reflexión, tal como lo indica su nombre, es el poder adquirido por la conciencia de replegarse sobre sí misma y de tomar posesión de sí misma como de un objeto dotado de su consistencia y de su valor particular; no ya sólo conocer, sino conocerse; no ya sólo saber, sino saber que se sabe”.
El Hombre como ser reflexivo
“El ser reflexivo, en virtud de su repliegue sobre sí mismo, se hace bruscamente susceptible de desarrollarse en una nueva esfera. En realidad, es otro mundo el que nace. Abstracción, lógica, elección e invenciones razonadas matemáticas, arte, percepción calculada del espacio y de la duración, ansiedades y sueños del amor…. Todas estas actividades de la vida interior no son más que la efervescencia del centro nuevamente constituido explotando sobre sí mismo”.
“¿Podemos dudar seriamente de que la inteligencia sea el atributo evolutivo del Hombre y sólo de él? El animal sabe, no lo dudamos. Pero ciertamente no sabe que sabe”; de otra manera, hace tiempo que hubiera multiplicado las invenciones y desarrollado un sistema de construcciones internas que no podrían escapar a nuestra observación. Por consiguiente, un sector de lo real le está cerrado, un sector dentro del cual nos movemos nosotros, pero en el cual él no podría entrar. Un foso, o un umbral, infranqueable para él nos separa. “En relación con él, por el hecho de ser reflexivos, no sólo somos diferentes, sino otros”.
“Si la historia de la vida es un movimiento de consciencia… es inevitable que, hacia la cumbre de la serie, en las inmediaciones del Hombre los psiquismos se presenten y aparezca la flor de inteligencia. Es precisamente lo que ocurre. La evolución es transformación primariamente psíquica. La consciencia asciende a través de los seres vivientes: es todo cuanto podemos decir”.
De este modo, el Hombre progresa elaborando lentamente, a través de las edades, la esencia y la totalidad de un Universo que se depositó en él.
La hominización: del instinto al pensamiento
A este gran proceso de sublimación conviene aplicar, con toda su fuerza, el término de hominización. “La hominización que es, en primer lugar”, “el salto individual, instantáneo, del instinto al Pensamiento”. Pero una hominización que es también, en un sentido más amplio, la espiritualización progresiva, en la civilización humana, de todas las fuerzas contenidas en la animalidad.
De entre los escalones sucesivos franqueados por la evolución, el nacimiento del pensamiento sigue de manera directa, y no es comparable, en orden de magnitud, más que a la condensación del quimismo terrestre o a la aparición misma de la vida. La paradoja humana se resuelve haciéndose precisamente desmesurada, es su singular deducción.
Por el hecho de la hominización, y a despecho de las insignificancias del salto anatómico, empieza una edad nueva. “La Tierra cambia su piel. Mejor aún, encuentra su alma”. Ha surgido el Hombre: el homo magnificus.
















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